Fernando G.
Jaén
Rebelión
Ya hace años, en los inicios del
tratamiento de los fenómenos "globalización" en España, señalé que la
contradicción principal (dicho así un poco a la manera marxista de razonar) se
producía entre los intereses de las grandes empresas y los de las poblaciones
de cada estado. Esto vale para el Occidente avanzado, lo que también hace años
sugerí llamar países enriquecidos, abriendo la puerta a la reflexión sobre las
causas del enriquecimiento y apartándome de este lenguaje pretendidamente
aséptico con lo que todos sabemos a qué nos referimos, pero preferimos no decir
su nombre claro y transparente. La contradicción principal, pues, remite al
choque entre la sustancia (el poder, en este caso el de las grandes empresas
del mundo, interesadas en la globalización) y la forma (la elección de los
representantes del poder político que se realiza en el ámbito político
administrativo de los estados por sus poblaciones).
La motivación, la causa última del interés
de las grandes empresas del mundo fue, y sigue siendo, retomar el crecimiento
de su parte dentro de la distribución del valor añadido, reduciendo la parte
destinada a salarios. Reducir costes y ampliar mercados a la vez, por la vía de
la movilidad de los factores productivos: capital (invirtiendo en otros países)
y trabajo (propiciando las corrientes migratorias). El ahorro (y el
endeudamiento) transformado en capital invertido en otros lugares ha favorecido
el traslado de riqueza futura (entonces) que es la que se encuentran ahora en
forma de capacidad adquisitiva en lugares como China (y otros). La mano de obra
abundante y sobrante de países con demografía todavía generosa (o sea con mucha
gente en edad de trabajar y sin trabajo) ha permitido una contención salarial
en el interior de los países enriquecidos que se lanzaron a crecimientos en
sectores que no requerían gran capacitación técnica. El caramelo para los
asalariados y asimilados (en la contabilidad nacional) fue el endeudamiento
masivo (alimentador de la demanda agotada en estos países).
El paso del tiempo, el desarrollo de la
actividad económica de unos y otros ha llevado a que las poblaciones de los
países enriquecidos, que han aceptado la globalización conformados por la
bajada de costes con precios más bajos debidos a calidades inferiores, deban
soportar la pérdida de puestos de trabajo en su territorio, mientras se crean
en países lejanos. Ahora ya hablamos de niveles de paro muy difíciles de
compatibilizar con unos mínimos de supervivencia, pero los políticos del
sistema democrático estatal dependen y mucho de las grandes empresas que tienen
intereses divergentes de los de las poblaciones: aquellas son el mundo,
mientras estas sienten (mayoritariamente) el vínculo de donde han nacido y
crecido. Pueden surgir otros políticos.
Fernando G. Jaén es Profesor Titular del
Departamento de Economía y Empresa. Universidad de Vic.
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Fuente: Rebelión